El mercado humano

En la radio, tras las señales horarias de primera hora de la mañana, la noticia que abre el día suele ser las fluctuaciones de la bolsa. Casi sería preferible que leyeran el horóscopo. Tras dar la pertinente información de si los valores han bajado o subido medio punto, de inmediato se da paso a los anuncios: un robot cortacésped, una alarma para el chalet, un coche… y por supuesto la nueva temporada en cuanto a ropa. En la feria neoliberal todas las piezas están pensadas para encajar y que la rueda del consumo no se detenga. Si el consumidor no tiene recursos para lo anterior siempre podrá sacar cinco euros para comprarse una camiseta. Puedes no tener casa, puedes no tener trabajo, ni coche, pero la moda rápida siempre estará a tu alcance. El desastre ecológico y humano de ese negocio textil ya es otro asunto (y puedes verlo en este documental).

Hace unos años sorprendió la espeluznante noticia de un joven chino que había vendido un riñón para comprarse un iphone y un ipad. Cuando uno no tiene nada, le queda el cuerpo. A mediados de los años ochenta, el periodista alemán Günter Wallraff se hizo pasar por turco en Alemania y se dio cuenta de que entre los pocos trabajos a los que podía acceder un inmigrante irregal estaba el de voluntario en ensayos clínicos. Él lo llamaba “hacer una farmacarrera”. Los pobres son perfectos como conejillos de Indias: venden sus cuerpos por poco dinero, y si les pasa algo, con una póliza de seguro equivalente a una insignificante fracción de las ganancias del laboratorio es muy probable que sus familias no digan nada. Lo contó en su libro Cabeza de turco.

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